La culpa me consume, la mayor parte de los días no puedo dormir y los pocos que logro conciliar el sueño es porque llevo muchos días despierto y el cuerpo se desvanece ante el cansancio. Pensar en todas aquellas personas a las que ingresé a la sala de rayos x sabiendo que estaban entrando a una especie de cámara de gas como las que utilizaron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial contra los judíos me oprime el pecho, me provoca el llanto y no puedo controlar la salida de las lágrimas, puedo llenar cántaros y cántaros. A veces pienso que no fui parte del crimen, pero otras me siento culpable, pues sabía lo que sucedía y no dije nada, continué haciendo mi trabajo con normalidad.

Hace unos años entré a trabajar como recepcionista en unos laboratorios ubicados en el Estado de México, los cuales estaba hechos especialmente para la gente de bajos recursos, que no podían pagar los laboratorios normales. En ese lugar, del cual no revelaré su nombre, se realizaban distintas pruebas, como los ya mencionados rayos x, estudios de sangre, mastografías, ecocardiogramas, pruebas de embarazo, entre otras. Los primero meses transcurrieron con normalidad, ayudaba a las personas a registrarse, a llenar formularios y a firmar cartas en las que no hacían responsable al lugar por alguna anomalía. Con la urgencia de realizarse los estudios firmaban, sin leer por completo el documento y tampoco hacían preguntas. Pensaba que los contratos eran meras formalidades, no creí que hubiera algo raro. Pero, poco después de cumplir el año en ese trabajo, por casualidad entré a una de las salas y vi a dos de los doctores arreglando una máquina de radiografías mientras platicaban. Uno se mostró preocupado por los efectos que podría haber en las personas, mientras el otro le decía que era para ahorrar costos, de lo contrario no podrían sobrevivir como empresa. Me regresé a mi lugar sin hacer ruido y digiriendo lo que había escuchado. Pensé que no pasaría nada y que todo sería normal, pero en los siguientes meses comenzaron a llegar demandas de personas que habían desarrollado cáncer debido a la exposición a nuestras máquinas.

Mis superiores se defendían con las cartas que habían firmado los pacientes, me pedían que buscara la de tal o cual paciente de cierta fecha. Yo lo hacía y se las daba, mientras más usuarios seguían requiriendo de nuestros servicios y yo le hacía firmar la misma hoja y los hacía pasar a la sala de la muerte, como la empezaban a llamar. Muchos renunciaron, yo quise hacerlo, pero ante la falta de personal me retuvieron con amenazas de echarme la culpa de lo que ahí sucedía o que me darían una pésima carta de recomendación para no tener trabajo en otro lugar. Quería avisar a instituciones de salud o a la policía lo que ahí ocurría, pero nunca me atreví, tampoco me atreví a negarles el servicio a las personas que necesitaran de la máquina de rayos x. Hoy la culpa me consume, quiero quitarme la vida, renuncié demasiado tarde, cuando mis superiores escaparon a otro país. Mientras, yo hablé con la policía, pero el daño ya estaba hecho.

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