Toda mi vida he sufrido con un tema en particular y son las malditas comparaciones. Recuerdo que desde que era pequeño mis padres y mis abuelos me decían que fuera igual de bien portado que mi hermano, mis tíos me decían que me parecía a un primo que no había hecho nada de su vida según ellos, las profesoras me decían que me comportara así de bien como ‘Juanito’, etc. Generalmente no respondía nada, sólo un par de veces me sacaron de mis casillas y exploté, contestándoles de fea manera, incluso eso me hizo que me ganara castigos y una cachetada por parte de mi abuelo, quien me enseñó el oficio de la carpintería y el cual adapté al diseño con corte cnc y es a lo que me dedico ahora. Conforme iba creciendo y las comparaciones seguían incluso cuando ya iba en la preparatoria y en la universidad, aprendí a responder de forma correcta y contundente, además de que prometí que a mis hijos jamás los iban a comprar con nadie. Pero uno propone y Dios dispone, pero llega el Diablo y todo lo descompone.

El viernes pasado mi esposa llegó muy tarde de trabajar, cansada y estresada, yo ya le tenía preparada la cena, sus pantuflas, entre otras cosas para que ella sólo se relajara, sabía de lo dura que había sido su semana. Tenemos tres hijos, el mayor de 11 años y el menor de cuatro ya estaban dormidos cuando su madre llegó, pero el de en medio, de 6 años, quiso esperarla, así que en cuanto la escuchó llegar corrió escaleras abajo y la abrazó, se sentó en sus piernas y empezó a platicarle como merolico lo que había hecho en la escuela. Escuchaba como su mamá trataba de decirle que se sentara en el sillón, que la dejara ponerse cómoda para escucharlo mejor, pero no le hacía caso. Decidí terminar de servir la cena antes de ir a ayudarla con el pequeño, justo cuando dejé los platos en la mesa escuché a mi esposa explotar: “¡Qué no entiendes que estoy cansada! ¿Por qué no estás dormido como tus hermanos? Ellos sí son obedientes y niños bien portados, no como tú”.

Mi hijo se fue llorando a su cuarto, yo sentía que me hervía la sangre, era como haber tenido un flashback de mi infancia. Mi esposa sabía de lo mucho que yo había sufrido con las comparaciones, se lo conté desde que esperábamos a nuestro primer hijo. Al parecer el exceso de cansancio la cegó y mencionó algo que para mí duele mucho y que sé puede dañar a los hijos. Yo la veía con enojo e incredulidad, ella sólo agachó la cabeza, reconociendo que se había equivocado. Se levantó del sillón y fue a hablar con nuestro hijo. Le ofreció disculpas y le explicó todo lo que había hecho en el día y en la semana que la había dejado exhausta. Nuestro hijo comprendió y se abrazaron para sellar las pases. Le leyó un cuento hasta que se quedó dormido y bajó a cenar. “No volverá a pasar”, me dijo y es una promesa que estoy seguro cumplirá hasta el final de nuestros días.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *